Muere Pablo Milanés, una belleza manchada

Pablo Milanés fue un ángel espantoso y cruel. Una hermosa voz. Sus canciones, algunas preciosas, y otras panfletos o meras cursilerías. Por su militancia comunista fue cómplice del crimen contra su pueblo, mientras vivía en una lujosa villa con servicio y los lujos que sólo pueden permitirse los amigos de los tiranos en países sin justicia social ni Derechos Humanos. Fue uno de los más insignes apologetas de una revolución de la que sólo participó en el reparto de ganancias. Fue el símbolo de todo lo que luego contradecía en su vida privada. Pablo Milanés fue un sobresaliente autor e intérprete. Yolanda es tal vez su canción más conocida, pero la más hermosa y definitiva es Para Vivir. Mírame bien, El breve espacio en que no estás, La vida no vale nada, De qué callada manera -con letra de Nicolás Guillén- o Pobre del cantor son temas menos conocidos pero igualmente maravillosos. Pero su obra, muy militante, no puede desligarse de su complicidad con la dictadura comunista de los Castro. Sus canciones fueron durante muchos años la banda sonora de la miseria y la muerte a la que Cuba estaba y está sometida, mientras él vivía entre los oropeles y comodidades que en sus letras desdeñaba. Pablo Milanés fue un gran artista, y un gran cínico, y un gran corrupto, y culpable del sufrimiento de su pueblo pisoteado. Sólo al final se desmarcó de la barbarie: cuando ya había exprimido todos los beneficios de su vergonzoso blanqueo del Mal. En los últimos días también Joaquín Sabina ha denunciado la dictadura cubana. Que un tipo tan audaz se haya dado cuenta precisamente ahora de que el comunismo es una máquina de matar tampoco es casualidad. Mientras ser comunista daba dinero y prestigio, todos se aprovecharon a costa de la masacre de los pueblos a los que tanto decían defender. Sólo cuando han caído los muros, las máscaras, y se ha vuelto impopular defender lo indefendible, las ratas han abandonado el barco. Nadie puede discutir el talento de Pablo Milanés pero tampoco que lo usó para la maldad y con la burla máxima de llevar una vida contraria a lo que predicaba. La belleza de sus canciones no puede admirarse sin el hondo pesar por el horror del hambre, la tortura y la muerte que durante décadas blanquearon. Su preciosa voz se apagó, por decirlo a la manera de Semprún, «manchada de sangre y mierda». Ha muerto un gran compositor de pequeñas canciones, una bonita voz, y un desaprensivo que no tuvo el menor reparo en ser la chacha lírica de un asesino y construir su mansión, física y moral, sobre cientos de miles de perseguidos y muertos.

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